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Homenaje a Salvador Allende en la Cámara |
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Written by Pepe Auth Stewart
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03-09-2010 a las 12:49:30 |
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Permítanme, colegas, hablar de Salvador Allende como lo que es verdaderamente para mí: algunos imborrables recuerdos de infancia, otras observaciones históricas y un par de lecciones políticas grabadas a fuego.
Tenía 7 años en la primavera de 1964. Era su tercera candidatura presidencial, la primera testimonial contra la marea populista de Ibáñez y la segunda estrechamente superado por Alessandri. Montado en los hombros de mi padre, pude ver a Salvador Allende, sus gestos marcando un discurso que apenas entendí pero recuerdo nítido el entusiasmo y la pasión con que lo seguía la multitud en la Alameda.
Éramos miles la noche del 4 de septiembre de 1970, yo tenía 13 años pero el recuerdo permanece intacto: Allende llamaba a la calma, reafirmaba los compromisos del programa de la Unidad Popular y alertaba contra los formidables enemigos que se movilizarían contra su gobierno.
En octubre de 1972 el paro de los camioneros estaba en su apogeo. A mis quince años reclamaba frente a La Moneda junto a miles de partidarios de la UP, el cierre de El Mercurio y la disolución del Parlamento para que en su lugar se instalaran los órganos del poder popular. Escuché a Allende decirle con coraje a la multitud insatisfecha que él quería el socialismo con derechos democráticos y que no estaba disponible para terminar con la democracia representativa.
Desde la azotea del Internado Barros Arana, junto a un puñado de estudiantes y profesores, escuchamos sus últimas palabras. Todos lloramos con su estremecedora despedida y su esperanza de que “se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Luego vino el ruido ensordecedor de los aviones, los destellos del bombardeo y una humareda interminable.
ALGUNAS OBSERVACIONES HISTÓRICAS
Cuando en Chile y toda América Latina campeaban las influencias del Che Guevara y de la Revolución Cubana, a duras penas Salvador Allende era elegido candidato presidencial por el Partido Socialista y luego por toda la izquierda reunida en la Unidad Popular.
La convicción de Allende de impulsar el socialismo junto a la extensión de derechos democráticos para todos, no era una convicción ampliamente compartida en su partido ni en su coalición política. Era evidente la convivencia contradictoria de una estrategia que preparaba la ruptura revolucionaria acumulando poder popular y otra que apostaba a la construcción de grandes mayorías político-electorales transfiriendo al pueblo derechos económicos, sociales y políticos que contribuyeran a romper sus cadenas de dominación.
El Presidente Allende prefirió morir junto a su proyecto político, contribuyendo así a preservar la experiencia del socialismo con vino tinto y empanadas como un sueño popular interrumpido. Si hubiera partido al exilio, como lo quisieron los golpistas, se habrían destacado nuestras responsabilidades en el fracaso de 1973 por sobre la evidente acción golpista de la CIA, la movilización desesperada de la derecha económica y la traición de los generales.
LECCIONES SIMPLES PERO INOLVIDABLES
La principal lección política de la UP es que tanto más radical es el proyecto de cambio, tanto más amplia debe ser la mayoría que lo sustenta. Como dirigente estudiantil en dictadura, no entendía por qué, a pesar de la increíble similitud programática de Allende y Tomic, no se pudo constituir “la unidad social y política del pueblo”, que estaba mayoritariamente por cambios sociales de verdad.
Así habría ocurrido, seguramente, si la Constitución hubiera previsto Segunda Vuelta para dirimir en caso de que nadie obtuviera mayoría absoluta de votos. Ni Alessandri ni Allende habrían sido presidentes con las alianzas de minoría que los sustentaban, habrían tenido que buscar alianzas más amplias para gobernar.
De la experiencia de la UP y de la Dictadura que significó la pérdida de derechos elementales, todo el país aprendió que las luchas por la igualdad son absolutamente inseparables de las luchas por la libertad y la democracia
COROLARIO
Salvador Allende está inscrito a fuego en la biografía de varias generaciones de chilenos. Naturalmente, de todas aquellas que esperaron décadas para adquirir sus derechos sociales y ciudadanos, de las que vivieron la experiencia de la movilización popular en los años ’70, de los que nos inspiramos en las ideas y la conducta de Allende para luchar contra la dictadura, y también de las nuevas generaciones, que encuentran en Allende una fuerza cada vez más escasa en la política contemporánea, aquella que reposa en una ética y una convicción sin concesiones.
Pido me excusen si termino hiriendo la susceptibilidad de alguno de mis colegas. Pero si alguien tuvo dudas respecto del lugar que ocuparían Salvador Allende y Augusto Pinochet en la historia, éstas se disiparon por completo. Mientras infinidad de calles y plazas en todos los rincones del planeta recuerdan al Presidente mártir, figura emblemática de un sueño ampliamente compartido, nada lleva el nombre del general victimario ni en Chile ni en el mundo, que será recordado por sus atroces violaciones a los derechos humanos, su empecinamiento en destruir la democracia y su ilícito enriquecimiento. |
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El legado de Allende: construir Izquierda |
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Written by Punto Final
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02-09-2010 a las 14:41:04 |
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(Editorial PF Nª 717, desde viernes 3 al 16 de septiembre de 2010)
Hace cuarenta años, el 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende ganó las elecciones presidenciales, aunque debió esperar ser ratificado por el Congreso Pleno. El triunfo de Allende se constituyó en un hito histórico y en una lección política, que no deben olvidarse. La incansable lucha por forjar una identidad de Izquierda orientada hacia el socialismo, por fin había dado frutos.
Nunca una elección presidencial en Chile alcanzó tanto dramatismo. Los ciudadanos estaban conscientes que el país se jugaba cuestiones trascendentales que determinarían su futuro. El enfrentamiento básico era entre la Izquierda y la derecha, representadas por el senador Salvador Allende Gossens y por el ex presidente y empresario Jorge Alessandri Rodríguez. Había un tercer candidato, Radomiro Tomic Romero, de la Democracia Cristiana, con un programa que planteaba el “socialismo comunitario”, lo cual lo acercaba a las posiciones de Izquierda.
La acorralada derecha buscaba fórmulas desesperadas para defender sus intereses. No descartaba nada. A fines de 1969, un alzamiento en el regimiento Tacna, encabezado por el general Roberto Viaux, tuvo al gobierno de Frei Montalva al borde del precipicio. Grupos ultraderechistas levantaban cabeza. En el plano político, la derecha postulaba la “Nueva República”, que esbozaba elementos neoliberales y un firme autoritarismo para cerrar el paso a la Izquierda. Por su parte, la Unidad Popular, alianza amplia en torno a socialistas y comunistas, integraba al Partido Radical y a sectores cristianos desgajados de la DC que formaron el partido Mapu, y a laicos y progresistas que se definían de Izquierda. La candidatura de Salvador Allende emergía con posibilidades de triunfo.
La Izquierda venía ganando terreno y un sólido movimiento sindical, organizado en torno a la Central Unica de Trabajadores, se extendía al campo a través de sindicatos agrícolas movilizados y de gran convocatoria. El movimiento estudiantil, mayoritariamente de Izquierda, era potente y de alcance nacional. El movimiento de los sin casa campeaba en las principales ciudades. Existía así una amplia base social para el movimiento político que planteaba un programa centrado en la nacionalización de las riquezas básicas, en la profundización de la reforma agraria y en la constitución de un área social de la economía, conformada por la banca, los principales monopolios y empresas estratégicas. Se proponía asimismo una nueva Constitución y una institucionalidad acorde con las transformaciones que se impulsarían, una ampliación de la democracia y la real vigencia de los derechos y libertades individuales y colectivos. Era, en síntesis, lo que se conoció como la “vía pacífica al socialismo”, un proyecto inédito en la historia de la Humanidad.
Internacionalmente eran los tiempos de la guerra fría; la Unión Soviética y el socialismo aparecían compitiendo exitosamente con el imperialismo. En América Latina -a partir de 1959 con la Revolución Cubana- había avances populares que Estados Unidos miraba con preocupación. No quería “una nueva Cuba” en su patio trasero. Con ese pretexto había invadido República Dominicana para derrocar al gobierno democrático de Juan Bosch y en 1964, respaldó el golpe militar en Brasil que derrocó al presidente Joao Goulart. Sin embargo, no cesaba el avance de los pueblos. En Bolivia, luego de la muerte del comandante Ernesto Che Guevara en una operación dirigida por norteamericanos, se producían avances democráticos con el gobierno del general Juan José Torres (1970-71), mientras en Argentina el peronismo impulsaba el retorno de su líder, y en Perú el general Juan Velasco Alvarado se empeñaba en reformas antiimperialistas e integradoras de la población indígena. En Uruguay la situación, asimismo, era inquietante para la oligarquía.
Para Estados Unidos, Chile era una pieza clave en su ajedrez de dominación regional. Ya en las elecciones de 1964 había apoyado sin tapujos la candidatura de Eduardo Frei Montalva y su “revolución en libertad”. Enormes flujos de dólares financiaron una impresionante campaña del terror contra Salvador Allende y la Izquierda. El presidente Ke-nnedy -que impulsaba la Alianza para el Progreso- imaginaba que la Democracia Cristiana en Chile podía levantarse como alternativa a la Revolución Cubana.
La trayectoria de Salvador Allende como parlamentario y líder popular era impecable. Había sido ministro de Salud del gobierno del Frente Popular (1938-41) y como senador un invariable demócrata, antiimperialista y partidario del entendimiento socialista-comunista, de la unidad de la clase obrera y de los más amplios sectores sociales explotados por el capitalismo. Valiente defensor de la Revolución Cubana, memorables habían sido sus luchas contra la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, paradigma del anticomunismo, y su constante denuncia de los manejos del imperialismo y del despojo que cometían las empresas norteamericanas Anaconda y Kennecott con el cobre chileno. Allende era un líder respetado y querido por el pueblo, que sabía que no sería traicionado por él. En muchos aspectos era un educador y un organizador notable, de ejemplar perseverancia en la lucha por la unidad de la Izquierda.
En el país, la sociedad se convulsionaba. Surgían los “cristianos por el socialismo”, los estudiantes de la Universidad Católica se tomaban la casa central para imponer profundas reformas y denunciaban las mentiras de El Mercurio; se produjo la toma de la Catedral de Santiago por sacerdotes, religiosas y laicos que pedían mayor compromiso de la Iglesia con el pueblo.
El país esperaba grandes cambios en el marco de un nuevo período histórico cuajado de promesas de justicia e igualdad.
La campaña electoral fue muy dura. La derecha se lanzó a fondo, reeditando -corregida y aumentada- la campaña del terror de 1964. Intensificó su presión hacia las fuerzas armadas, en las cuales buena parte de la oficialidad había pasado por las escuelas de formación antisubversiva del Pentágono. El financiamiento de la CIA volvió a afluir a través de la ITT, que controlaba el monopolio telefónico. Con todo, las elecciones fueron tranquilas y, sobre todo, estrechas. Allende obtuvo algo más de un millón de votos, ganando por 40 mil preferencias a Alessandri, y obteniendo 36,3% del total de sufragios. Tomic obtuvo 27,84%, con más de ochocientos mil sufragios. Como buena parte de su votación era antiderechista, estaba claro que la Izquierda contaba con un apoyo muy superior a la derecha.
Los resultados se conocieron en la tarde del 4 de septiembre y de inmediato Tomic reconoció el triunfo de Allende. Esa misma noche, luego de momentos de tensión -cuando tanques del ejército fueron desplegados en la Alameda- hubo una enorme manifestación frente a la Federación de Estudiantes de Chile. Decenas de miles de personas llegaron desde las poblaciones periféricas para celebrar el triunfo. Parecía que nunca el pueblo se había sentido tan alegre y esperanzado. El discurso de Allende fue emotivo y profundo. Recordó las luchas populares, los esfuerzos cotidianos del pueblo para subsistir y luchar, y asumió su triunfo como una continuidad con el Frente Popular, y antes, con el gobierno del presidente José Manuel Balmaceda -empujado a la muerte por la oligarquía- y con la lucha incansable de Luis Emilio Recabarren, organizador de la clase obrera chilena.
Los sesenta días siguientes, hasta el momento en que el nuevo presidente debía asumir el mando, fueron conmocionantes. La derecha entró en pánico. Agustín Edwards, dueño de El Mercurio, voló a Estados Unidos para pedir al gobierno norteamericano que interviniera en Chile a fin de impedir que Allende llegara a La Moneda. En Washington encontró oídos receptivos en el presidente Richard Nixon y su gobierno. Se inició así una ola de actos terroristas por parte de grupos de ultraderecha (ver páginas 4 y 5 de esta edición), que recibían aliento, dinero e instrucción terrorista desde el exterior.
El 3 de noviembre de 1970, sin embargo, derrotando las maniobras y actos criminales como el asesinato del general René Schneider, comandante en jefe del ejército, Salvador Allende asumió el mando. Comenzó así el gobierno más progresista, liberador y popular de la historia de Chile. En medio de la férrea oposición y conspiración de la derecha junto con el gobierno de Estados Unidos, Allende consiguió logros notables como la nacionalización del cobre, la profundización de la reforma agraria, las políticas de salud, educación y vivienda, y avances gigantescos en el plano cultural. Se desataron las fuerzas creadoras del pueblo al influjo de un programa socialista y democrático. Los pobres de la ciudad y del campo alcanzaron el protagonismo y participación que durante decenios se les había negado. En el ámbito internacional, Chile logró un reconocimiento mundial que valorizó el intento de avanzar al socialismo en libertad. Pero este noble propósito se vio frustrado por la conspiración interna y externa, sin negar los errores de la propia Unidad Popular, que culminaron con el golpe militar del 11 de septiembre de 1973. El presidente Salvador Allende, fiel a su juramento, prefirió morir en La Moneda a traicionar la confianza del pueblo.
Hoy -como en los años que precedieron al triunfo de Allende- sigue vigente alcanzar el requisito que gestó la victoria de 1970. Aludimos a la unidad del conjunto de la Izquierda, hoy atomizada. Es el paso indispensable para construir su propia identidad ideológica y programática y, desde allí, avanzar a acuerdos políticos y sociales más amplios.
En América Latina hoy se abren paso tendencias revolucionarias que con sus diferentes particularidades están haciendo el camino que se intentó en Chile. De alguna manera los procesos de Venezuela, Bolivia y Ecuador reivindican la vía pacífica al socialismo, que proclamara con resuelta convicción democrática el presidente mártir Salvador Allende. Se reinician tiempos de revolución que en las condiciones contemporáneas hacen volver la mirada a la senda que abriera con su sacrificio el presidente Allende.
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SALVADOR ALLENDE Y EL TRIUNFO ELECTORAL DEL 4 DE SEPTIEMBRE DE 1970 |
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Written by Diputada Denise Pascal Allende
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01-09-2010 a las 14:44:08 |
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Homenaje a Salvador Allende en la Cámara de Diputados
El 4 de septiembre de 1970 Salvador Allende ganaba las elecciones presidenciales con la mayoría relativa de los votos. La prensa internacional destacaba el hecho que por primera vez en el mundo occidental un marxista triunfaba en elecciones libres, informadas y democráticas con la perspectiva cierta de alcanzar la Presidencia de la República si el Congreso Nacional lo ratificaba.
Sin embargo, el Gobierno norteamericano del Presidente Richard Nixon, junto con la extrema derecha chilena, estaban decididos a evitarlo. Los antecedentes que constan en documentos secretos desclasificados por posteriores gobiernos de los EE.UU., más los informes de la Comisión Church del Senado de ese país que investigó las operaciones encubiertas de la CIA en Chile y los escritos de personalidades relevantes de la política norteamericana, son una evidencia irrefutable de la injerencia del Gobierno de Nixon en la política chilena a través de múltiples recursos. Las operaciones Track I y Track II estaban destinadas a crear las condiciones para un golpe de Estado o para asegurar que el Congreso Nacional, en virtud de sus atribuciones constitucionales, votara a favor del candidato de la derecha, que había obtenido la segunda mayoría relativa.
Sabemos que el intento de golpe se frustró por el asesinato del comandante en Jefe del Ejército, el general René Schneider, hombre de grandes méritos militares que era partidario de la prescindencia política de la Fuerzas Armadas y del respeto a la institucionalidad democrática,. Este hecho artero y vergonzoso estuvo dirigido por el general ® Roberto Viaux y sus operadores fueron militantes de la ultra derecha chilena lo que provocó el rechazo ampliamente mayoritario de civiles y militares. Tampoco fue exitoso el plan destinado a influir en la votación del Congreso Nacional, donde parlamentarios de izquierda y de la democracia cristiana votaron a favor de designar a Salvador Allende Presidente de la República continuando con una larga tradición de respeto a la voluntad ciudadana mayoritariamente expresada en un acto electoral limpio.
¿Pero quién era Salvador Allende? Desde joven manifestó preocupación por los problemas sociales. Médico de profesión, uno de los fundadores del Partido Socialista, diputado, ministro de Salubridad del Gobierno de Pedro Aguirre Cerda y senador de la República entre 1945 y 1970, año, este último en que alcanzó la Presidencia de la República.
¿Cuál era su ideario político? Se reconoció marxista, pero fue contrario a toda ortodoxia y a todo dogma. Para Salvador Allende Chile tenía características propias; “Pisamos camino nuevo – decía -…apenas teniendo como brújula nuestra fidelidad al humanismo de todas las épocas…” “tenemos que desarrollar la teoría y la práctica…
Concebía el socialismo como un humanismo cuya esencia democrática promovía la libertad y la igualdad. La vía chilena que concibió la definió como “una revolución hacia el socialismo en democracia, pluralismo y libertad...” Consideraba que su viabilidad se sustentaba en el apoyo de una mayoría consciente y no en la violencia. “Rechazamos, nosotros los chilenos, en lo más profundo de nuestras conciencias – decía Allende – las luchas fratricidas… El respeto a los demás, la tolerancia hacia el otro, es uno de los bienes culturales más significativos con que contamos…”
La estrategia de golpe de Estado impulsada por el Gobierno norteamericano, continuó durante los mil días que duró la experiencia política de la Unidad Popular a través de diversas modalidades de acción legales e ilegales, entre estas últimas, el sabotaje a la producción, el acaparamiento de bienes de consumo, actos de terrorismo, crímenes como el del comandante Araya, noble militar que fue edecán naval del Presidente Allende. El Gobierno de Nixon junto a la CIA apoyan e impulsan el bloqueo internacional contra Chile para impedir en el extranjero la compra de bienes de consumo, repuestos y la obtención de créditos de la banca internacional. Es importante recordar las palabras de Colin Power, secretario de Estado bajo el primer Gobierno del Presidente Bush quien, refiriéndose al golpe de Estado en Chile, señaló “que era un capítulo de la historia norteamericana que no los llenaba de orgullo”.
Lamentablemente las Fuerzas Armadas se involucraron en la estrategia de golpe, llevando el conflicto político al terreno militar, donde el Gobierno de Salvador Allende y sus partidarios no tenían ninguna posibilidad de triunfar.
No podemos dejar de mencionar que el Gobierno de Salvador Allende cometió errores, así como la coalición de partidos que lo apoyó. Pero tales errores, estaban lejos de justificar un golpe de Estado y la brutal represión que se implementó La cruenta dictadura y la violación sistemática de los derechos humanos fueron absolutamente desproporcionados a la experiencia de polarización política que vivió nuestro país. Esto debe servirnos de lección para el presente y el futuro.
¿Por qué tiene vigencia la figura política de Salvador Allende y se le honra en todos los países?
Por su consecuencia con su ideal socialista de transformar democráticamente la sociedad para hacer compatibles las libertades con la justicia social.
Por su práctica política vinculada estrictamente a principios éticos.
Por su lealtad al pueblo que representó: “Colocado en un trance histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo” dijo en su último discurso. Y cumplió.
Su grandeza está en haber propuesto una vía hacia el socialismo sustentada en la razón humanizada, en la democracia y no en la opresión, para crear, como decía, “un modelo nuevo…en que la capacidad creadora de cada hombre y de cada mujer encuentre cómo florecer, no en contra de los demás, sino a favor de una vida mejor para todos”.
Porque en el momento más dramático de su vida dejó un mensaje de optimismo: “Tengo fe en Chile y su destino… superarán otros hombres este momento gris y amargo”.
Al cumplirse 40 años del triunfo de Allende en las urnas los socialistas nos sentimos orgullosos de su legado. A partir de 1990, con el triunfo de la Concertación de Partidos por la Democracia hemos contribuido a la recuperación y perfeccionamiento de la democracia y al desarrollo del país. Estos logros constituyen el mejor homenaje que podemos rendir a Salvador Allende rescatando el valor y trascendencia de su sacrificio.
Muchas Gracias. |
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